Catalán, por Jon Juaristi, en ABC.•
EN el ensayo introductorio a su edición de Los españoles en la Historia, de Ramón Menéndez Pidal, Diego Catalán definía el pensamiento de su ilustre abuelo como un «concepto progresista de la tradición». Y es que, en efecto, Menéndez Pidal -como, antes que él, Unamuno- se esforzó en superar el antagonismo ideológico entre Tradición y Revolución, que había desgarrado a la España del siglo XIX, soldando dialécticamente ambas nociones. Reducir dicho antagonismo a la «pugna natural» de tradición e innovación, fuerzas igualmente necesarias para la vida de todo pueblo, constituía, en el sentir de Diego, la contribución fundamental de Menéndez Pidal a la teoría de la nación española, y fue el horizonte utópico que sirvió de referencia a su propia trayectoria vital, que se cerró definitivamente el pasado miércoles.
De los años pasados junto a Diego Catalán-Menéndez Pidal, nos queda, a quienes tuvimos el privilegio de formarnos a su sombra, un cúmulo de tiempo vivido que hoy recordamos como ensoñación intemporal. Accedimos, tras sus pasos, a ámbitos donde la modernidad agonizante se cruzaba con una memoria ancestral, congelándose ambas en cristales de intrahistoria: mundos, o jirones de mundos, donde el rey don Pedro de Castilla o los Pares de Francia tenían más realidad que la globalización. Con Diego conocimos una España a la que calificar de profunda sería inexacto y, me temo, demasiado superficial. Pedanías olvidadas hasta en el catastro. Aldeas sumergidas como la Lucerna carolingia. Sansueña, la España dialectal del Romancero. Un país que, aunque parezca un cuento, todavía estaba ahí hace treinta años.
No sé cómo contarían hoy su experiencia mis compañeros de aquel grupo de estudiantes y jóvenes profesores que Diego convocó durante los primeros ochenta a una tarea que parecía piadosa aunque absurda, a una arqueología de las mentalidades. Eran los días de la movida madrileña y del Gran Salto hacia delante del felipismo. Y, con todo, Diego conseguía arrastrarnos, lejos de las ciudades, hacia los estratos arcaicos de una literatura oral que ya resultaba incomprensible a sus propios transmisores, pero de la que él poseía las claves. Fue iniciándonos así, con paciencia y entusiasmo, en un idioma perdido que llegó a ser común a un equipo variopinto donde concurríamos vascos, gallegos, catalanes, castellanos, andaluces, canarios, mejicanos, argentinos. Y portugueses, brasileños, franceses, japoneses y norteamericanos. No hemos tenido otro maestro que se le pueda comparar. Nadie supo enseñarnos con tanta generosidad y rigor, y nadie sino Diego nos devolvió al amor de la lengua. Hoy, cuando casi todos somos más viejos que aquel incipiente cincuentón que nos enroló en nuestras primeras encuestas de campo, seguimos viviendo de las rentas de su magisterio.
El Romancero de Tradición Oral Moderna, sin embargo, no fue más que una de las áreas de trabajo en las que Diego se esforzó para dar continuidad a una empresa intelectual identificada con su familia. Prolongó, desde sus cátedras en la Universidad de California y en la Universidad Autónoma de Madrid -y, sobre todo, desde el Seminario Menéndez Pidal de la Universidad Complutense- las grandes líneas de investigación emprendidas por sus abuelos (pues no hay que olvidar la labor silenciosa y decisiva de la esposa de Ramón Menéndez Pidal, la vasca María de Goyri). Siguiendo el modelo cooperativo del «taller alfonsí», sumó a sus laboratorios humanísticos, como le gustaba llamarlos, a una pléyade de colaboradores que se convertirían en excelentes especialistas en lingüística histórica, dialectología y cronística medieval. En el terreno de las literaturas de tradición oral de las lenguas hispánicas (y del eusquera), la mayoría de los investigadores reconocidos hoy son discípulos directos o discípulos de discípulos de Diego Catalán. Paradójicamente, careció de las destrezas políticas necesarias para crear y mantener algo parecido a una escuela. Fue un maestro auténtico, pero un maestro informal, sin estrategias de poder. En otros, la aparente despreocupación por adquirirlas suele constituir, ella misma, una estrategia. Diego las despreciaba sinceramente, lo que compromete la proyección futura de una obra personal que se quiso y fue continuación lograda de la más importante aventura española en las ciencias humanas contemporáneas.
De los años pasados junto a Diego Catalán-Menéndez Pidal, nos queda, a quienes tuvimos el privilegio de formarnos a su sombra, un cúmulo de tiempo vivido que hoy recordamos como ensoñación intemporal. Accedimos, tras sus pasos, a ámbitos donde la modernidad agonizante se cruzaba con una memoria ancestral, congelándose ambas en cristales de intrahistoria: mundos, o jirones de mundos, donde el rey don Pedro de Castilla o los Pares de Francia tenían más realidad que la globalización. Con Diego conocimos una España a la que calificar de profunda sería inexacto y, me temo, demasiado superficial. Pedanías olvidadas hasta en el catastro. Aldeas sumergidas como la Lucerna carolingia. Sansueña, la España dialectal del Romancero. Un país que, aunque parezca un cuento, todavía estaba ahí hace treinta años.
No sé cómo contarían hoy su experiencia mis compañeros de aquel grupo de estudiantes y jóvenes profesores que Diego convocó durante los primeros ochenta a una tarea que parecía piadosa aunque absurda, a una arqueología de las mentalidades. Eran los días de la movida madrileña y del Gran Salto hacia delante del felipismo. Y, con todo, Diego conseguía arrastrarnos, lejos de las ciudades, hacia los estratos arcaicos de una literatura oral que ya resultaba incomprensible a sus propios transmisores, pero de la que él poseía las claves. Fue iniciándonos así, con paciencia y entusiasmo, en un idioma perdido que llegó a ser común a un equipo variopinto donde concurríamos vascos, gallegos, catalanes, castellanos, andaluces, canarios, mejicanos, argentinos. Y portugueses, brasileños, franceses, japoneses y norteamericanos. No hemos tenido otro maestro que se le pueda comparar. Nadie supo enseñarnos con tanta generosidad y rigor, y nadie sino Diego nos devolvió al amor de la lengua. Hoy, cuando casi todos somos más viejos que aquel incipiente cincuentón que nos enroló en nuestras primeras encuestas de campo, seguimos viviendo de las rentas de su magisterio.
El Romancero de Tradición Oral Moderna, sin embargo, no fue más que una de las áreas de trabajo en las que Diego se esforzó para dar continuidad a una empresa intelectual identificada con su familia. Prolongó, desde sus cátedras en la Universidad de California y en la Universidad Autónoma de Madrid -y, sobre todo, desde el Seminario Menéndez Pidal de la Universidad Complutense- las grandes líneas de investigación emprendidas por sus abuelos (pues no hay que olvidar la labor silenciosa y decisiva de la esposa de Ramón Menéndez Pidal, la vasca María de Goyri). Siguiendo el modelo cooperativo del «taller alfonsí», sumó a sus laboratorios humanísticos, como le gustaba llamarlos, a una pléyade de colaboradores que se convertirían en excelentes especialistas en lingüística histórica, dialectología y cronística medieval. En el terreno de las literaturas de tradición oral de las lenguas hispánicas (y del eusquera), la mayoría de los investigadores reconocidos hoy son discípulos directos o discípulos de discípulos de Diego Catalán. Paradójicamente, careció de las destrezas políticas necesarias para crear y mantener algo parecido a una escuela. Fue un maestro auténtico, pero un maestro informal, sin estrategias de poder. En otros, la aparente despreocupación por adquirirlas suele constituir, ella misma, una estrategia. Diego las despreciaba sinceramente, lo que compromete la proyección futura de una obra personal que se quiso y fue continuación lograda de la más importante aventura española en las ciencias humanas contemporáneas.

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